Conspiraciones

Posted on 5-octubre-2006. Filed under: Intríngulis |

Me encantan las conspiraciones.

Creo que está en la naturaleza humana, en nuestra complejas mentes.

La teoría más enrevesada siempre nos parece la más correcta. Eso lo aprendí de pequeño, y le he sacado partido durante toda mi vida. Por eso soy tan buen mentiroso (sí, ya sé que no debería estar orgulloso de esto, pero lo estoy).

Hay por Internet cientos de Teorías de la conspiración que, ciertas o no, hacen a la gente plantearse las cosas. Y también hacen que crezcan los excepticismos, las desconfianzas; lo cual es bueno, pero no mucho.

Si la conspiración te atrapa estás perdido. La ves por todos lados, no puedes encontrar una acción tras la cual no esté la conspiración. Cuando, por ejemplo, uno está convencido de que alguien le intenta perjudicar, ya no hay nada que hacer. La conspiración está presente y se desarrollan teorías complejísimas que respaldan el hecho.

Y entonces, ¿por qué me gustan las conspiraciones? Porque no me dejo perder en ellas. Algunos días pasan por mi mente historias sustentadas por alguna clase de débil prueba. Y por unos momentos me dedico a expandir la idea: “Ahora que me acuerdo, el otro día pasó algo parecido…” “Y esto lo dice porque se ha acordado de aquella vez que…” “Seguro que le caigo mal porque…” “Me parece que sí, que me siguen desde el viernes…”

Todo un complejo mundo de tramas, rencores, pasiones,… aparece, y me lo creo. Y me asusta. Pero después pienso, razono, recuerdo,… y me doy cuenta de que la mayoría de la gente no tiene necesidad de conspirar, o no gana realmente mucho con hacerlo. Porque todo el mundo va a lo suyo y ni yo ni nadie es el centro del Mundo. ¿De verdad a alguien le importa lo que yo haga tanto como para querer perjudicarme? ¿De verdad gana algo la NASA con montar una farsa en un desierto? ¿De verdad los políticos quieren perjudicar ciertas regiones? Y entonces este mundo de conspiraciones empieza a divertirme.

Por eso también me gustan las teorías simples. Sin darle tantas vueltas a las cosas. Sí, porque las ideas simples son prácticas. Te hacen vivir con menos preocupaciones, y son muy buenas para discutir. Dices algo simple y “feliz” y la gente se tiene que callar. La conspiración gusta y es fácil de creer, pero cuando puedes rebatir toda una serie de argumentos con uno sólo, bien contundente, quedas “como Dios”. La sencillez aplasta de una manera muy rotunda.

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